De la bonanza a la beligerancia
Volvemos al «keynesianismo militar», pero ¿traerá consigo el «dividendo de guerra» el fin del estancamiento y el auge económico? Michael Roberts lo duda
El belicismo ha alcanzado su punto álgido en Europa. Todo empezó cuando Estados Unidos, bajo el mandato de Donald Trump, decidió que pagar por la «protección» militar de la capital europea frente a posibles enemigos no merecía la pena. Quiere que Estados Unidos deje de pagar la mayor parte de la financiación de la OTAN y de proporcionar su poderío militar, y quiere poner fin al conflicto entre Ucrania y Rusia para poder concentrar la estrategia imperialista estadounidense en el «hemisferio occidental» y en el Pacífico, con el objetivo de «contener» y debilitar el ascenso económico de China.
La estrategia de Trump ha sembrado el pánico en las élites gobernantes europeas. De repente les preocupa que Ucrania pierda ante las fuerzas rusas y que en poco tiempo Putin esté en las fronteras de Alemania o, como afirman tanto Keir Starmer como un antiguo jefe del MI5, «en las calles británicas».
Ya sea más o menos real este supuesto «peligro», ha resultado muy oportuno para que los servicios militares y secretos de Europa «suban la apuesta» y pidan el fin de los llamados «dividendos de la paz» que comenzaron tras la caída de la temida Unión Soviética, para dar paso ahora al proceso de rearme. La jefa de la política exterior de la Unión Europea, Kaja Kallas, expuso la política exterior de la UE muy genuinamente: «Si juntos no somos capaces de presionar lo suficiente a Moscú, ¿cómo podemos pretender derrotar a China?».
Se ofrecen diversos argumentos para el rearme del capitalismo europeo. Bronwen Maddox, directora de Chatham House —el «think-tank» de relaciones internacionales que presenta principalmente los puntos de vista del Estado militar británico—, puso la primera piedra con la afirmación de que «el gasto en “defensa” es “el mayor beneficio público de todos” porque es necesario para la supervivencia de la “democracia” frente a las fuerzas autoritarias».1
Pero defender la democracia tiene un precio: «es posible que el Reino Unido tenga que pedir prestado en mayor cantidad para pagar el gasto en defensa que tan urgentemente necesita. El año que viene, y los siguientes por venir, los políticos tendrán que prepararse para reclamar dinero mediante recortes en las prestaciones por enfermedad, las pensiones y la sanidad». Y continúa: «Si han hecho falta décadas para acumular este gasto, puede que hagan falta décadas para revertirlo», por lo que Gran Bretaña tiene que ponerse manos a la obra: «Starmer pronto tendrá que fijar una fecha para que el Reino Unido alcance el 2,5% del producto interior bruto en gasto militar, y ya hay un sector que defiende que esta cifra debe ser mayor. Al final, los políticos tendrán que convencer a los votantes de que renuncien a algunos de sus beneficios para pagar la defensa».
Martin Wolf, el gurú económico liberal keynesiano del Financial Times, se lanzó directamente a la piscina: «el gasto en defensa tendrá que aumentar sustancialmente. Téngase en cuenta que en los años setenta y ochenta suponía el 5% del PIB británico, o incluso más. Puede que no sea necesario alcanzar esos niveles a largo plazo: la Rusia moderna no es la Unión Soviética. Sin embargo, es posible que tenga que ser igual de alto durante la acumulación, especialmente si EE. UU. se retira».2
¿De dónde saldrá el dinero? «Si el gasto en defensa va a ser permanentemente más alto, los impuestos deben aumentar, a menos que el gobierno pueda encontrar suficientes gastos que recortar, lo cual es dudoso». Pero que no cunda el pánico, el gasto en tanques, tropas y misiles es en realidad beneficioso para una economía, aduce Wolf: «El Reino Unido también puede esperar de forma realista un rendimiento económico de sus inversiones en defensa. Históricamente, las guerras han sido la madre de la innovación». Pasa entonces a citar los magníficos ejemplos de los beneficios que Israel y Ucrania han obtenido de sus guerras: «La “economía start-up” de Israel comenzó en su ejército. Los ucranianos han revolucionado la guerra con drones». No hay mención alguna al coste humano que supone la innovación mediante la guerra.
Wolf prosigue: «El punto crucial, empero, es que la necesidad de aumentar significativamente el gasto en defensa debe verse como algo más que una necesidad y también como algo más que un coste, aunque ambas cosas sean ciertas. Si se hace de la manera correcta, supone también una oportunidad económica». La guerra es, pues, la salida del estancamiento económico.
Los ropajes de Wolf
Clama que Gran Bretaña tiene que ponerse manos a la obra:
Si EE. UU. ya no es un proponente y defensor de la democracia liberal, la única fuerza que en teoría es lo suficientemente fuerte como para tomar el testigo es Europa. Si los europeos quieren tener éxito en esta ardua tarea, deben empezar por asegurar su hogar. Su capacidad para hacerlo dependerá a su vez de los recursos, del tiempo, de la voluntad y de la cohesión […]. Sin duda, Europa puede aumentar sustancialmente el gasto en defensa.
Wolf argumentó que debemos defender los preciados «valores europeos» de libertad personal y democracia liberal: «Hacerlo será económicamente costoso e incluso peligroso, pero necesario […] porque “Europa tiene ‘quintas columnas’ en casi todas partes». Y concluyó: «Si Europa no se moviliza rápidamente en su propia defensa, la democracia liberal podría desaparecer por completo. Nuestra década se parece un poco a la de 1930. Esta vez, por desgracia, Estados Unidos parece estar en el lado equivocado».
El «conservador progresista» y columnista del FT, Janan Ganesh, lo expresó sin rodeos: «Europa debe recortar su Estado del bienestar para construir un Estado de guerra. No hay forma de defender el continente sin recortar el gasto social».3 Dejó claro que ahora hay que prescindir totalmente de los logros que los trabajadores consiguieron tras el final de la Segunda Guerra Mundial, pero que se fueron reduciendo gradualmente en los últimos 40 años: «La misión ahora es defender la vida de Europa. ¿Cómo, si no es a través de un Estado del bienestar más reducido, se va a financiar un continente mejor armado?».
La edad dorada del Estado del bienestar de la posguerra ya no es posible: «Cualquier persona menor de 80 años que haya pasado su vida en Europa puede ser excusada por considerar que un gigantesco [sic] Estado del bienestar es la forma natural de las cosas. En realidad, ello fue el producto de extrañas circunstancias históricas que prevalecieron en la segunda mitad del siglo XX y que ya no rigen».
Sí, correcto, las ganancias para los trabajadores en la edad dorada fueron la excepción a la norma en el capitalismo («extrañas circunstancias históricas»). Pero ahora
[…] las obligaciones en materia de pensiones y asistencia sanitaria iban a ser bastante difíciles de cumplir para la población activa incluso antes del actual shock de la defensa […]. Los gobiernos tendrán que ser más tacaños con los viejos. O, si eso está fuera de discusión dado su poder de voto, el tijeretazo tendrá que darse en áreas de gasto más productivas […]. De cualquier modo, el Estado del bienestar tal y como lo hemos conocido debe replegarse un poco: no demasiado como para que dejemos de llamarlo así, pero sí lo suficiente como para que duela.
Ganesh, el verdadero conservador, ve el rearme como una oportunidad para que el capital haga las reducciones necesarias en bienestar y servicios públicos. «Los recortes de gastos son más fáciles de vender en nombre de la defensa que en nombre de una noción generalizada de eficiencia […]. Sin embargo, ese no es el propósito de la defensa, y los políticos deben insistir en este punto. El propósito es la supervivencia». Así que el llamado «capitalismo liberal» necesita sobrevivir y eso significa recortar el nivel de vida de los más pobres y gastar dinero en ir a la guerra. Del Estado del bienestar al Estado de guerra.
El primer ministro polaco, Donald Tusk, llevó el belicismo a un nuevo nivel. Dijo que Polonia «debe buscar las posibilidades más modernas, también en relación con las armas nucleares y las armas modernas no convencionales» (¿Podemos suponer que «no convencionales» significa armas químicas?). «Lo digo con plena responsabilidad: no basta con adquirir armas convencionales, las más tradicionales».
Así que en casi toda Europa se pide un aumento del gasto en «defensa» y el rearme. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha propuesto un «Plan de rearme de la UE» [ReArm Europe], que pretende movilizar hasta 800.000 millones de euros para financiar un aumento masivo del gasto en defensa. «Estamos en la era del rearme, y Europa está preparada para aumentar masivamente su gasto en defensa tanto para responder a la urgencia a corto plazo de actuar y apoyar a Ucrania como para abordar la necesidad a largo plazo de asumir más responsabilidad por nuestra propia seguridad europea», declaró.
En virtud de una «cláusula de escape de emergencia», la Comisión Europea pedirá un aumento del gasto en armamento, aunque incumpla las normas fiscales vigentes. Le seguirán los fondos Covid no utilizados (90.000 millones de euros) y más préstamos a través de un «nuevo instrumento» para proporcionar 150.000 millones de euros en préstamos a los Estados miembros, con el fin de financiar inversiones conjuntas en el ámbito paneuropeo, incluida la defensa aérea y antimisiles, sistemas de artillería, misiles y munición, drones y sistemas antidrones.
Von der Leyen afirmó que, si los países de la UE aumentan su gasto en defensa un 1,5% del PIB de media, podría disponerse de 650.000 millones de euros en los próximos cuatro años. Ni que decir tiene que no habría financiación extra para inversiones, proyectos de infraestructuras o servicios públicos, ya que Europa debe dedicar sus recursos a prepararse para la guerra.
Al mismo tiempo, según el FT, el gobierno británico «está haciendo una rápida transición del verde al gris acorazado, poniendo ahora a la defensa en el centro de su apuesta en tecnología y fabricación».4 Starmer anunció un aumento del gasto en defensa de hasta el 2,5% del PIB en 2027 y la ambición de alcanzar el 3% en la década de 2030. La ministra de Economía, Rachel Reeves, que no ha dejado de recortar el gasto en bonificaciones por hijo, ayudas de invierno a los ancianos y prestaciones por discapacidad, anunció que se cambiaría el cometido del nuevo Fondo Nacional de la Riqueza del gobierno laborista para que invirtiera en «defensa». Los fabricantes de armas británicos están dando volteretas. «Dejando a un lado la ética de la producción de armas, que disuade a algunos inversores, la defensa como estrategia industrial es una apuesta muy atractiva», dijo un director ejecutivo.5
En Alemania el canciller electo del nuevo gobierno de coalición, Friedrich Merz, logró que el Parlamento alemán aprobara una ley para poner fin al llamado «freno fiscal» que prohibía a los gobiernos alemanes endeudarse por encima de un límite estricto o aumentar la deuda para pagar el gasto público. Pero ahora el gasto militar deficitario tiene prioridad sobre todo lo demás: es el único presupuesto sin límite. El objetivo de gasto en defensa empequeñecerá el gasto deficitario disponible para la lucha contra el cambio climático y para infraestructuras muy necesarias. El gasto público anual debido al nuevo paquete fiscal alemán será mayor que los repuntes del gasto que se produjeron con el Plan Marshall de posguerra y con la reunificación alemana a principios de los años noventa.
Economía armamentística
Esto me lleva a los argumentos económicos a favor del gasto militar. ¿Puede el gasto militar reactivar una economía sumida en depresión, como así lo está gran parte de Europa desde el final de la gran recesión en 2009? Algunos keynesianos creen que sí. El fabricante alemán de armamento Rheinmetall afirma que la inactiva fábrica de Volkswagen en Osnabrück podría ser una candidata ideal para su reconversión a la producción militar. El economista keynesiano Matthew Klein, coautor con Michael Pettis de Trade wars are class wars, celebró esta noticia: «Alemania ya está construyendo tanques. Les estoy animando a que construyan muchos más tanques».
La teoría del «keynesianismo militar» tiene su historia. Una variante de esta fue el concepto de «economía armamentística permanente» que propugnaron algunos marxistas6 para explicar por qué las principales economías no entraron en depresión tras el final de la Segunda Guerra Mundial, sino que se mantuvieron en un largo auge con solo leves recesiones, el cual duró hasta la depresión internacional de 1974-5. Esta «edad dorada» solo podía explicarse, decían, por el gasto militar permanente para mantener la demanda agregada y sostener el pleno empleo.
Pero no existen pruebas de esta teoría del auge de posguerra. El gasto militar del gobierno británico cayó de más del 12% del PIB en 1952 a alrededor del 7% en 1960, y disminuyó a lo largo de los años sesenta hasta situarse en torno al 5% a finales de la década. Y aun así, la economía británica estuvo en mejores condiciones de lo que ha estado nunca. En todos los países capitalistas avanzados el gasto en defensa representaba a finales de los años sesenta una fracción sustancialmente menor de la producción total que a principios de los cincuenta: del 10,2% del PIB en 1952-3, en plena guerra de Corea, a tan solo el 6,5% en 1967. No obstante, el crecimiento económico se mantuvo prácticamente durante toda la década de 1960 y principios de 1970.
El auge de posguerra no fue el resultado de un gasto público en armamento al estilo keynesiano, sino que se explica por la elevada tasa de rentabilidad del capital invertido por las principales economías durante dicho periodo. En todo caso, fue al revés: las principales economías crecían relativamente rápido y la rentabilidad era alta; los gobiernos podían permitirse mantener el gasto militar como parte de su objetivo geopolítico de «guerra fría» para debilitar y aplastar a la Unión Soviética, el entonces principal enemigo del imperialismo.
Ante todo, el keynesianismo militar va en contra de los intereses de los trabajadores y de la humanidad. ¿Estamos a favor de fabricar armas para matar gente con el fin de crear puestos de trabajo? Este argumento, a menudo promovido por algunos dirigentes sindicales, prioriza el dinero sobre las vidas. Keynes dijo una vez: «El gobierno debería pagar a la gente por cavar agujeros en el suelo y luego rellenarlos». La gente podría haber respondido: «Eso es estúpido, ¿por qué no pagar a la gente para que construya carreteras y escuelas?». A lo que Keynes replicaría: «Bien, págales para que construyan escuelas. La cuestión es que no importa lo que hagan, siempre y cuando el gobierno esté creando puestos de trabajo».7
Keynes se equivocaba. Sí que importa. Mientras que el keynesianismo aboga por cavar agujeros y llenarlos para crear puestos de trabajo, ¡el keynesianismo militar aboga por cavar tumbas y llenarlas de cadáveres! Si no importa cómo se crean los puestos de trabajo, ¿por qué no aumentar drásticamente la producción de tabaco y promover la adicción para crear puestos de trabajo? Actualmente, la mayoría de la gente se opondría a esto por ser directamente perjudicial para la salud de las personas, pero fabricar armas —convencionales y no convencionales— también es directamente perjudicial. Y hay muchos otros productos y servicios socialmente útiles que podrían generar puestos de trabajo y salarios para los trabajadores —como escuelas y viviendas—.
El ministro de Defensa, John Healey, insistió recientemente en que aumentar el presupuesto de armamento «convertiría a nuestra industria de defensa en el motor del crecimiento económico de este país». Una gran noticia. Por desgracia para Healey, la asociación comercial de la industria armamentística británica, ADS, calcula que el Reino Unido tiene unos 55.000 empleos en la exportación de armas y otros 115.00 empleados en el ministerio de Defensa. Incluso si se incluyen estos últimos, sólo representan el 0,5% de la población activa del Reino Unido (para más detalles, véase el informe «Arms to renewables» de la CAAT [Campaña contra el Comercio de Armas]).8 Incluso en Estados Unidos, la proporción es muy parecida.
¿Estímulo?
Hay una cuestión teórica que a menudo se debate en la economía política marxista. Se trata de si la producción de armas produce valor en una economía capitalista. La respuesta es que sí, para los productores de armas. Los contratistas de armas entregan mercancías (armas) que paga el gobierno. El trabajo que las produce, por lo tanto, es productivo de valor y plusvalor. Pero a nivel de toda la economía, la producción de armas es improductiva de valor futuro, del mismo modo que lo son los «bienes de lujo» para el consumo capitalista.
La producción de armas y bienes de lujo no vuelve a entrar en el siguiente proceso de producción, ni como medios de producción ni como medios de subsistencia para la clase obrera. Aunque es productiva de plusvalor para los capitalistas armamentísticos, la producción de armas no es reproductiva y, por ende, amenaza la reproducción del capital. Entonces, si el aumento de la producción global de plusvalor en una economía se ralentiza y la rentabilidad del capital productivo comienza a caer, la reducción del plusvalor disponible para la inversión productiva con el fin de invertir en gasto militar puede dañar la «salud» del proceso de acumulación capitalista.
El resultado depende del efecto sobre la rentabilidad del capital. El sector militar suele tener una composición orgánica del capital superior a la media de una economía, ya que incorpora tecnologías punteras. Así pues, el sector armamentístico tendería a hacer bajar la tasa media de beneficios. Por otra parte, si los impuestos recaudados por el Estado —o los recortes en el gasto civil— para pagar la fabricación de armas son lo suficientemente elevados, entonces la riqueza que de otro modo podría ir a parar al trabajo puede distribuirse al capital y, así, añadirse al plusvalor disponible. El gasto militar puede tener un efecto ligeramente positivo sobre las tasas de beneficios en los países exportadores de armas, pero no en los importadores.9 En estos últimos, el gasto militar es una deducción de los beneficios disponibles para la inversión productiva.
En un contexto más amplio, el gasto en armamento no puede ser decisivo para la salud de la economía capitalista. Por otra parte, la guerra total puede ayudar al capitalismo a salir de la depresión y la crisis. Es un argumento clave de la economía marxista —al menos en lo que a mi postura respecta— el que las economías capitalistas solo pueden recuperarse de forma sostenida si la rentabilidad media de los sectores productivos de la economía aumenta significativamente. Y eso requeriría una destrucción suficiente del valor del «capital muerto» (acumulación pasada) que ya no es rentable emplear.
La gran depresión de los años 30 en la economía estadounidense duró tanto porque la rentabilidad no se recuperó en toda esa década. En 1938, la tasa de beneficios de las empresas estadounidenses seguía siendo menos de la mitad de la de 1929. La rentabilidad sólo se recuperó una vez que la economía de guerra estuvo en marcha, a partir de 1940.
Así pues, no fue el «keynesianismo militar» lo que sacó a la economía estadounidense de la gran depresión, como les gusta pensar a algunos keynesianos. La recuperación económica de EE. UU no empezó hasta que la guerra mundial estaba en marcha. La inversión únicamente despegó a partir de 1941 (Pearl Harbour) hasta alcanzar, en porcentaje del PIB, más del doble del nivel que tenía en 1940. ¿Por qué? Pues bien, no fue el resultado de un repunte de la inversión del sector privado. Lo que ocurrió fue un aumento masivo de la inversión y el gasto públicos. En 1940 la inversión del sector privado estaba todavía por debajo del nivel de 1929 y, de hecho, cayó aún más durante la guerra. El sector estatal se hizo cargo de casi toda la inversión, ya que los recursos —el valor— se destinaron a la producción de armas y a otras medidas de seguridad en una economía de guerra total.
Pero ¿no es el aumento de la inversión y el consumo públicos una forma de estímulo keynesiano, aunque a un nivel superior? Pues no. La diferencia se revela en el continuo colapso del consumo. La economía de guerra se sufragó restringiendo las oportunidades de los trabajadores de gastar los ingresos que les habían reportado sus empleos durante el periodo de guerra. Se forzó el ahorro mediante la compra de bonos de guerra, el racionamiento y el aumento de los impuestos para pagar la guerra. La inversión pública significaba la dirección y planificación de la producción por decreto gubernamental. La economía de guerra no estimuló el sector privado: sustituyó al «libre mercado» y a la inversión capitalista con ánimo de lucro. El consumo no restableció el crecimiento económico, como esperarían los keynesianos —y quienes ven la causa de la crisis en el subconsumo—; en su lugar, se invirtió principalmente en armas de destrucción masiva.
La guerra puso fin de forma decisiva a la depresión. La industria estadounidense se revitalizó con la guerra y muchos sectores se orientaron a la producción de defensa —por ejemplo, el aeroespacial y el electrónico— o dependieron completamente de ella —energía atómica—. Los rápidos cambios científicos y tecnológicos de la guerra continuaron e intensificaron las tendencias iniciadas durante la gran depresión. Como la guerra perjudicó gravemente a todas las grandes economías del mundo salvo a la estadounidense, el capitalismo norteamericano se hizo con la hegemonía económica y política después de 1945.
Guglielmo Carchedi lo explica:
¿Por qué la guerra produjo tal salto en la rentabilidad en el periodo 1940-5? El denominador de la tasa no solo no subió, sino que bajó, pues la depreciación física de los medios de producción era mayor que las nuevas inversiones. Al mismo tiempo, el desempleo prácticamente desapareció. La disminución del desempleo hizo posible el aumento de los salarios. Pero los salarios más altos no hicieron mella en la rentabilidad. De hecho, la conversión de las industrias civiles en militares redujo la oferta de bienes civiles.
Los salarios más altos y la limitada producción de bienes de consumo obligaron a comprimir enormemente el poder adquisitivo de la mano de obra para evitar la inflación. Para ello se instauró el primer impuesto general sobre la renta, se desincentivaron los gastos de consumo (se prohibió el crédito al consumo) y se estimuló el ahorro de los consumidores, principalmente mediante la inversión en bonos de guerra. En consecuencia, el trabajo se vio obligado a posponer el gasto de una parte considerable de los salarios. Al mismo tiempo, aumentó la tasa de explotación del trabajo. En esencia, el esfuerzo de guerra fue una producción masiva de medios de destrucción financiada por el trabajo.10
Dejemos que Keynes lo resuma: «Parece políticamente imposible que una democracia capitalista organice el gasto a la escala necesaria para poner en práctica los grandes experimentos que demostrarían mis argumentos, excepto en condiciones de guerra».11
Blog de Michael Roberts: thenextrecession.wordpress.com
Enlace al artículo original
Enlace a la versión en PDF
Notas
- https://www.ft.com/content/e0bd86f9-fd4a-4802-8199-44daaa97d13a
- http://www.ft.com/content/fded65a7-92e7-4a60-af48-02d33ef53ccb
- http://www.ft.com/content/37053b2b-ccda-4ce3-a25d-f1d0f82e7989
- https://www.ft.com/content/e40a6309-9691-456c-bb57-d9774dd7c336
- https://www.ft.com/content/ce93a3f1-d537-4424-8e17-a6242e444db0
- Véase, por ejemplo, https://www.marxists.org/archive/kidron/works/1967/xx/permarms.htm
- https://econ.economicshelp.org/2008/07/john-maynard-keynes-great-economists.html
- https://caat.org.uk/alternatives/arms-to-renewables
- Véase https://thenextrecession.wordpress.com/2019/11/18/milex-and-the-rate-of-profit
- https://isj.org.uk/behind-and-beyond-the-crisis
- Citado por P. Renshaw, Journal of Contemporary History 1999, vol. 34.